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blog : Por qué voto a Daniel Scioli
Enviado por mlozano el 17/11/2015 20:37:34 (848 Lecturas)



Siento la responsabilidad como rector de una universidad pública, de participar con humildad y firmeza en este debate, aportando mis puntos de vista. Puntos de vista que no considero verdades reveladas sino que intentan aportar razones a una toma de decisión coyuntural y trascendente, y que no aspiran a ser representativos de la totalidad de los integrantes de nuestra Universidad. La UNQ es una institución compleja y diversa y, como tal conviven en nuestra casa de estudios diversas miradas y posturas políticas, cada una reconocible y respetable. No creo que sea saludable para nuestra sociedad que la mayoría tome una decisión trascendente desde la bronca. Sobre todo cuando nuestro pueblo hizo que ese enojo se expresara en un castigo al partido de gobierno que como consecuencia tiene menos diputados, intendentes y gobernadores, lo que no es un dato menor. Que ese enojo no nuble la razón.


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soberania del conocimiento : Soberanía microbiológica. Un concepto en discusión y debate
Enviado por mlozano el 13/5/2015 11:05:49 (2693 Lecturas)



Una guerra de los mundos.


Hace setenta y cinco años ocurrió un episodio que marcó profundamente nuestra relación con los medios de comunicación audiovisuales, en un contexto que todavía hoy se debate.


Es probable que ese domingo 30 de octubre de 1938, a las ocho de la noche, apenas terminada la cena, algunos neoyorquinos se acomodaran en su mejor sillón para disfrutar un té y escuchar la radio. En la frecuencia de la Columbia Broadcasting System (CBS) se hubieran encontrado con la orquesta latina de Ramón Raquello desde la sala Meridian del Hotel Park Plaza en el centro de Nueva York, que tocaba La Cumparsita, con música del uruguayo Gerardo Matos Rodríguez y letra del argentino Pascual Contursi.


Alguien debe haber reconocido el tango, y se quedó en ese dial. Poco antes, la CBS había anunciado que en poco tiempo daría comienzo la dramatización semanal a cargo de Orson Welles y su compañía “The Mercury Theatre on the Air”. A poco de iniciada la canción, la voz de un actor imitando al periodista Carl Philips, interrumpía la velada:


 


Ladies and gentlemen, we interrupt our program of dance music to bring you a special bulletin from the Intercontinental Radio News. At twenty minutes before eight, Central Time, Professor Farrell of the Mount Jennings Observatory, Chicago, Illinois, reports observing several explosions of incandescent blue gas, occurring at regular intervals on the planet Mars. The spectroscope indicates the gas to be hydrogen and moving towards the Earth with enormous velocity. We´ll continue reporting…[1]


 


Un par de canciones más adelante, el periodista informó que un meteorito había impactado en Nueva Jersey, y luego, que se lo había identificado como una nave extraterrestre. De ella había salido una máquina en forma de trípode y cientos de criaturas con tentáculos que habían exterminado a varias personas. A partir de ese momento, la transmisión se enfocó exclusivamente en el episodio de invasión alienígena y relató los vanos intentos del ejército norteamericano para enfrentarse con los marcianos, la inutilidad de la tecnología terrestre y el avance de los trípodes que quemaban todo a su paso usando un "rayo de calor". El dramático episodio concluía con la muerte del periodista en la azotea de la CBS a causa de gases venenosos. En la última parte de la hora de transmisión, la tranquilizadora voz de Orson Welles, interpretando al profesor Pierson, continuaba la narración en tercera persona y describía la muerte de los invasores.


La ficción fue recreada mediante trucos y efectos especiales tan realistas que, mucho antes de la existencia de redes sociales globales, el episodio se “viralizó” afectando a casi seis millones de estadounidenses. Muchos de ellos colapsaron los sistemas de emergencia telefónica afirmando haber divisado extraterrestres y huyeron de sus casas, y presos de pánico se recluyeron en refugios o se presentaron en el ejército para alistarse en la resistencia. Todo esto, a pesar de que la CBS había emitido al menos cuatro avisos de que todo era una representación artística de la novela de ciencia ficción “La guerra de los mundos”, de Herbert George Wells.


A pesar de que la CBS y el propio Welles tuvieron que disculparse ante su público, el episodio catapultó sus carreras y la masiva reacción ante la farsa radiofónica demostró el poder de los medios de comunicación de masas. Sin embargo, las adaptaciones radiales de La guerra de los mundos no siempre tuvieron finales felices.


El sábado 12 de febrero de 1949 en la ciudad capital de la República del Ecuador ocurrió una tragedia como consecuencia de la reacción popular. Leonardo Páez, director en Radio Quito programó una adaptación de la representación que Orson Welles hiciera para la CBS. El radioteatro comenzaba con la emisión de la información del avistamiento de un supuesto platillo volador sobre las Galápagos, que más tarde descendía sobre la ciudad, con el consiguiente ataque de los alienígenas con el rayo calórico y los gases venenosos. Incluso se presentaron supuestos mensajes provenientes de otras radioemisoras que avisaban del peligro de una nube de gas venenoso que se acercaba a la ciudad para otorgarle mayor veracidad a la transmisión. Sin embargo, apenas 20 minutos después de iniciada la obra, se produjo una verdadera conmoción. Muchas personas, enteradas de la falsedad y ofendidas por haber sido manipuladas, se movilizaron hacia el Edificio del diario El Comercio, donde funcionaba la radio, y lo atacaron, provocando un incendio que se cobró la vida de cinco trabajadores del medio de comunicación. Como consecuencia del episodio, Radio Quito cerró sus transmisiones durante dos años.


El libro que dio lugar a estas adaptaciones es en sÍ mismo una obra icónica que relata por primera vez una invasión alienígena a la Tierra, y que ha tenido una notable influencia sobre la literatura de ciencia ficción y fantasía posterior. Este trabajo, publicado en 1898 por el escritor británico H. G. Wells, pone en discusión la postura, tan difundida en la época, sobre la existencia de una superioridad racial europea –u occidental en términos más generales– que justificaba las guerras de conquista y sumisión de otros pueblos.


 


 En los últimos años del siglo diecinueve nadie habría creído que los asuntos humanos eran observados aguda y atentamente por inteligencias más desarrolladas que la del hombre y, sin embargo, tan mortales como él; que mientras los hombres se ocupaban de sus cosas eran estudiados quizá tan a fondo como el sabio estudia a través del microscopio las pasajeras criaturas que se agitan y multiplican en una gota de agua. Con infinita complacencia, la raza humana continuaba sus ocupaciones sobre este globo, abrigando la ilusión de su superioridad sobre la materia. Es muy posible que los infusorios que se hallan bajo el microscopio hagan lo mismo…


…Y nosotros, los hombres que habitamos esta Tierra, debemos ser para ellos tan extraños y poco importantes como lo son los monos y los lémures para el hombre...


…Y antes de juzgarlos con demasiada dureza debemos recordar la destrucción cruel y total que nuestra especie ha causado no sólo entre los animales, como el bisonte y el dodo, sino también entre las razas inferiores. A pesar de su apariencia humana, los tasmanios fueron exterminados por completo en una guerra de extinción llevada a cabo por los inmigrantes europeos durante un lapso que duró escasamente cincuenta años. ¿Es que somos acaso tan misericordiosos como para quejarnos si los marcianos guerrearan con las mismas intenciones con respecto a nosotros?[2]


 


Nada nuevo bajo el sol.


Quizá parezca extraño comenzar un artículo que intenta reflexionar sobre un aspecto no muy analizado del concepto de soberanía con una cita a un programa de radio estadounidense. Sin embargo, creo que no lo es.


La obra de Wells y su adaptación radiofónica ponen de manifiesto un hecho curioso: la humanidad fue incapaz de evitar la invasión alienígena; ni siquiera las más complejas armas surgidas de su intelecto, ni los organizados y bien pertrechados ejércitos fueron capaces de detener al invasor. Sin embargo, los marcianos sucumben poco tiempo después de pisar el suelo terrestre y respirar nuestro aire.


Los paladines de la vida terrestre en la obra de Wells no somos los humanos sino un conjunto de seres microscópicos, que no podemos divisar a simple vista. Bacterias, hongos, protistas o virus, los patógenos entre ellos, son quienes libraron la exitosa batalla contra el invasor. En las certeras palabras de H. G. Wells:


Había sucedido lo que yo y muchos otros podríamos haber previsto si no nos hubiera cegado el terror. Los gérmenes de las enfermedades han atacado a la humanidad desde el comienzo del mundo, exterminaron a muchos de nuestros antecesores prehumanos desde que se inició la vida en la Tierra. Pero en virtud de la selección natural de nuestra especie, la raza humana desarrolló las defensas necesarias para resistirlos. No sucumbimos sin lucha ante el ataque de los microbios, y muchas de las bacterias—las que causan la putrefacción en la materia muerta, por ejemplo—no logran arraigo alguno en nuestros cuerpos vivientes.


Pero no existen esas bacterias en Marte, y no bien llegaron los invasores, no bien bebieron y se alimentaron, nuestros aliados microscópicos iniciaron su obra destructora. Ya cuando los observé yo, estaban irrevocablemente condenados, muriendo y pudriéndose mientras andaban de un lado para otro. Era inevitable. Con un billón de muertes ha adquirido el hombre su derecho a vivir en la Tierra y nadie puede disputárselo; no lo habría perdido aunque los marcianos hubieran sido diez veces más poderosos de lo que eran, pues no en vano viven y mueren los hombres.[3]


 


Los microorganismos terrestres están en contacto con la humanidad hace cientos de miles de años. Incluso, la mayoría de los agentes patógenos que producen estas enfermedades consideradas emergentes existen desde mucho antes que los humanos en la Tierra y se han mantenido en el ambiente al adaptarse a algún animal al que se denomina huésped. Si bien en su huésped no provocan problemas mayores, cuando saltan de especie y se incorporan a otro animal (entre ellos, los humanos) producen enfermedades graves. Ejemplos de estas plagas son las producidas por los hantavirus, transportados por roedores, o el sida, transportada por simios.


Un grupo particular de enfermedades emergentes corresponde aquellas transmitidas desde un grupo humano, que ya está adaptado a la plaga, a otro grupo humano que no lo está. Este tipo de transmisión requiere de la existencia de un aislamiento previo entre las dos sociedades que participan del proceso. En estas épocas de viajes acelerados, es muy difícil reconocer sitios aislados en nuestro mundo. Pero no siempre fue así.







[1] "Señoras y señores, interrumpimos nuestro programa de música para acercarles un boletín especial de la Radio de Noticias Intercontinental. A las ocho menos veinte, hora central, el profesor Farrell del Observatorio Mount Jennings, de Chicago, Illinois, informó que se observaron varias explosiones de gas azul incandescente, produciéndose a intervalos regulares en el planeta Marte. El espectroscopio indica que el gas es hidrógeno y que se mueve hacia la Tierra a una velocidad enorme. Continuaremos informando..." (NdA)




[2] H. G. Wells, La guerra de los mundos, Buenos Aires, Edaf, 1973,  pp. 4-5.




[3] H. G. Wells, op. cit., pp. 85 y 86.




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